En la escena materna fantástica e inconsciente se
representa una obra en la que el drama está presente de forma constante en el
actor principal, el YO, que se exhibe incipiente, desorganizado, inmaduro,
desintegrado y desorientado.
En el teatro del YO naciente se juegan su existencia y su atribución,
objetos parciales y totales que van a aparecer o a volver tras bambalinas y su
almacén de accesorios. Sus representaciones psíquicas encuentran allí los
indicios de realidad, de rasgos reales que son los sujetos parentales.
La batalla es larga, es peligrosa y en el camino, puede
que el YO pueda caer en posición esquizoparanoide. Al final, valdrá la pena
lidiar el combate entre ansiedad, envidia, gratitud, culpa, amor y odio por ver
emerger a nuestro actor principal asumido, integrado, maduro y sobretodo
victorioso.
Para poder comprender esta digna y compleja tragedia
griega, es necesario partir del génesis de la existencia de los objetos. Un
objeto externo es aquél que pertenece al mundo externo. Un objeto interno es la representación del
objeto a la que el sujeto reacciona como si estuviera frente al objeto externo, es decir, introyección.
Es entonces, que surgen el objeto parcial entendido como
la parte del cuerpo o persona que existe sólo para satisfacer las propias
necesidades y el objeto total que se percibe como la persona con la que el
sujeto entra en relación observándola diferente de sí; con características
dominantes y autónomas con la que es posible instaurar una relación
psicológica. Esto es porque en la fase denominada por Freud como genital, el
sujeto tiene relación ya no biológica sino psicológica.
La elección objetal que reconoce al otro en su alteridad
(condición o capacidad de ser otro o distinto) y no sólo como instrumento de
satisfacción de las propias necesidades se alcanza una vez superada la fase
narcisista que asume como objeto de amor el propio cuerpo. “El individuo
empeñado en el desarrollo que sintetiza en unidad sus pulsiones sexuales de
actividad autoerótica para ganar un objeto de amor se toma primero a sí mismo,
a su propio cuerpo, antes de pasar de este a la elección de objeto en una
persona ajena (Freud, 1910).
Como parte de la audiencia, siendo un espectador
observante, analítico y crítico del personaje principal, secundario e
incidentales dentro de la tensa atmósfera y escenografía en la que se
desarrolla esta puesta en escena es que planteo mi cuestionamiento. ¿Será
verdad que desde el momento en que nacemos o incluso antes del alumbramiento ya
estamos expuestos a la ansiedad?
Como Melanie Klein, considero que efectivamente al nacer
ya estuvimos expuestos a la ansiedad provocada por la polaridad de los
instintos, la presencia de las pulsiones de vida o de muerte.
Como sustento de lo anterior es necesario partir de un concepto
central en la doctrina Kleiniana: posición. Considero que este término
es muy importante y acertado utilizar y no los que pudieran considerarse
equivalentes, es decir, etapa o fase. Posición
implica una configuración específica de las relaciones con los objetos (teoría
de las relaciones objetales), así como ciertas ansiedades y defensas. Esta configuración
persiste a lo largo de toda la vida, a diferencia de la etapa o fase que es
algo transitorio.
Entonces podríamos decir que la inicial posición
esquizoparanoide nunca es completamente reemplazada por la posterior posición
depresiva, mostrando una y otra su presencia durante toda la vida del sujeto,
fundamentalmente a través de las manifestaciones de la ansiedad paranoide y de
la ansiedad depresiva, respectivamente. Ahora bien, si el desarrollo ha sido
adecuado, ambas angustias se irán atemperando y modificando favorablemente.
“La
investigación moderna y, especialmente, la de la última década demuestra que en
ese primer año y ya desde el período neonatal hay evidencia de un procesamiento
cerebral de las percepciones y una activa construcción de esquemas mentales y
de precursores de las funciones cognitivas.” (Castaño, 2005).
Derivado de lo anterior, puede entenderse el hecho de que
el bebé no reconoce el objeto total (la madre como una persona), sino que por
la acción de la escisión se crean dos objetos parciales (prototipo de los
cuales es el pecho materno), uno estimado como bueno y otro como malo.
Cuando el bebé llega a reconocer a la madre como un objeto total, estará ya
conformada la posición depresiva, donde predominan la integración, la
ambivalencia, la culpa y la ansiedad depresiva, así como una serie de defensas
específicas, como la reparación.
“El recién
nacido puede discriminar caras de otros estímulos visuales, incluidos patrones
de caras invertidas. A los 3 días de vida pueden discriminar la cara de la
madre de otra información visual aislada. Esta discriminación, que en ese
período temprano se basa en el contorno de la cara y de la línea del pelo, no
en los rasgos faciales en sí, se pierde entre el mes y los 2 meses para dar
lugar a una discriminación más sofisticada.” (Castaño, 2005).
La construcción fuera de la mente del bebé, es decir en
la realidad externa, de un objeto ideal y de un objeto persecutorio, se
ocasiona por la acción de la escisión, la desviación y la proyección, con el
fin de atemperar la angustia. En un momento dado, tales objetos parciales
externos serán introyectados con fines defensivos, creándose así los primeros
esbozos del superyó, los cuales han de ser considerados como especie de objetos
internos. . (Klein, 1989)
En el álgido clímax del desarrollo de la obra en
cuestión, se producirá una integración de los fantasmas externos, por un lado,
y de los fantasmas internos, por otro. Además, de la introyección del objeto
bueno fortalecerá al incipiente, desorganizado, inmaduro, desintegrado y
desorientado YO. Aumentará la tolerancia a la ansiedad, dejando de ser precisa
la proyección de lo destructivo propio, con la consiguiente disminución de la
ansiedad persecutoria. Una particular ansiedad culposa sostenida por los
presuntos daños realizados al objeto (ansiedad depresiva). Una relación en la
que el objeto externo ya no es parcial, sino total, dándose paralelamente una
integración en el YO. Por
último, un predominio de la defensa llamada reparación.
La reparación es la defensa más positiva para que el
desarrollo humano tome un camino sano, pues es el motor de la integración de
los objetos externos e internos, en términos de Winnicott, del self, del
yo, del superyó. Al restaurarse el objeto, por ejemplo, se recupera la
confianza en sí y pueden mantenerse unas relaciones gratificantes con el objeto
amado, así como soportar el dolor que su inevitable desaparición periódica
ocasiona, sin que nazca un odio abrumador, de modo que un aspecto importante de
la reparación es aprender a renunciar al control omnipotente del objeto,
asumiendo la realidad psíquica tal como es.
Como Sigmund Freud, Melanie Klein defendió su teoría
aunque pudiera parecer poco objetiva abstracta y divergente. De hecho
trascendió a tal grado que puede considerarse el Kleinismo no es una simple
corriente, sino una escuela a diferencia del Annafreudismo, De hecho, se ha
constituido como sistema de pensamiento a partir de un maestro (en este caso
una mujer), que modificó enteramente la doctrina y la clínica freudianas,
creando conceptos nuevos e instaurando una práctica original de la cura, de
todo lo cual se desprende un tipo de formación didáctica diferente de la del
freudismo clásico.
Melanie Klein y sus sucesores hicieron escuela integrando
en el psicoanálisis el tratamiento de las psicosis (esquizofrenia, estados
límite, trastorno de la personalidad o del self),
elaborando el principio mismo del psicoanálisis de niños y finalmente
transformando el interrogante freudiano sobre el lugar del padre. Sobre el
complejo de Edipo, sobre las génesis de la neurosis y de la sexualidad
aclarando la relación con la madre y el odio primitivo, es decir, la envidia,
propia de la relación con el objeto.
Por lo tanto, el Kleinismo se define como una verdadera
doctrina con coherencia propia. Da una nueva forma a la doctrina freudiana
original, de la cual reconoce los fundamentos teóricos, los conceptos y la
anterioridad histórica.
Referencias
·
Klein, M. Principios
psicológicos del análisis infantil. En Obras Completas, 1.
Barcelona: Paidós, 1989, 137-147.
·
Klein, M. El psicoanálisis
del niño. En Obras Completas, 2. Barcelona: Paidós, 1987, 19-290.
·
Klein, M. Envidia y
gratitud. En Obras Completas, 3. Barcelona: Paidós, 1988, 181-240.
·
Armoux, D. J. Melanie
Klein. Vida y pensamiento psicoanalítico.
Madrid: Biblioteca Nueva, 2000.
·
http://www.monografias.com/trabajos13/trabklein/trabklein.shtml
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