Sunday, March 4, 2012

El Teatro del YO Naciente


En la escena materna fantástica e inconsciente se representa una obra en la que el drama está presente de forma constante en el actor principal, el YO, que se exhibe incipiente, desorganizado, inmaduro, desintegrado y desorientado.
En el teatro del YO naciente  se juegan su existencia y su atribución, objetos parciales y totales que van a aparecer o a volver tras bambalinas y su almacén de accesorios. Sus representaciones psíquicas encuentran allí los indicios de realidad, de rasgos reales que son los sujetos parentales.
La batalla es larga, es peligrosa y en el camino, puede que el YO pueda caer en posición esquizoparanoide. Al final, valdrá la pena lidiar el combate entre ansiedad, envidia, gratitud, culpa, amor y odio por ver emerger a nuestro actor principal asumido, integrado, maduro y sobretodo victorioso.
Para poder comprender esta digna y compleja tragedia griega, es necesario partir del génesis de la existencia de los objetos. Un objeto externo es aquél que pertenece al mundo externo.  Un objeto interno es la representación del objeto a la que el sujeto reacciona como si estuviera frente al  objeto externo, es decir, introyección.
Es entonces, que surgen el objeto parcial entendido como la parte del cuerpo o persona que existe sólo para satisfacer las propias necesidades y el objeto total que se percibe como la persona con la que el sujeto entra en relación observándola diferente de sí; con características dominantes y autónomas con la que es posible instaurar una relación psicológica. Esto es porque en la fase denominada por Freud como genital, el sujeto tiene relación ya no biológica sino psicológica.
La elección objetal que reconoce al otro en su alteridad (condición o capacidad de ser otro o distinto) y no sólo como instrumento de satisfacción de las propias necesidades se alcanza una vez superada la fase narcisista que asume como objeto de amor el propio cuerpo. “El individuo empeñado en el desarrollo que sintetiza en unidad sus pulsiones sexuales de actividad autoerótica para ganar un objeto de amor se toma primero a sí mismo, a su propio cuerpo, antes de pasar de este a la elección de objeto en una persona ajena (Freud, 1910).
Como parte de la audiencia, siendo un espectador observante, analítico y crítico del personaje principal, secundario e incidentales dentro de la tensa atmósfera y escenografía en la que se desarrolla esta puesta en escena es que planteo mi cuestionamiento. ¿Será verdad que desde el momento en que nacemos o incluso antes del alumbramiento ya estamos expuestos a la ansiedad?
Como Melanie Klein, considero que efectivamente al nacer ya estuvimos expuestos a la ansiedad provocada por la polaridad de los instintos, la presencia de las pulsiones de vida o de muerte.
Como sustento de lo anterior es necesario partir de un concepto central en la doctrina Kleiniana: posición. Considero que este término es muy importante y acertado utilizar y no los que pudieran considerarse equivalentes, es decir, etapa o fase.  Posición implica una configuración específica de las relaciones con los objetos (teoría de las relaciones objetales), así como ciertas ansiedades y defensas. Esta configuración persiste a lo largo de toda la vida, a diferencia de la etapa o fase que es algo transitorio.
Entonces podríamos decir que la inicial posición esquizoparanoide nunca es completamente reemplazada por la posterior posición depresiva, mostrando una y otra su presencia durante toda la vida del sujeto, fundamentalmente a través de las manifestaciones de la ansiedad paranoide y de la ansiedad depresiva, respectivamente. Ahora bien, si el desarrollo ha sido adecuado, ambas angustias se irán atemperando y modificando favorablemente.
“La investigación moderna y, especialmente, la de la última década demuestra que en ese primer año y ya desde el período neonatal hay evidencia de un procesamiento cerebral de las percepciones y una activa construcción de esquemas mentales y de precursores de las funciones cognitivas.” (Castaño, 2005).
Derivado de lo anterior, puede entenderse el hecho de que el bebé no reconoce el objeto total (la madre como una persona), sino que por la acción de la escisión se crean dos objetos parciales (prototipo de los cuales es el pecho materno), uno estimado como bueno y otro como malo. Cuando el bebé llega a reconocer a la madre como un objeto total, estará ya conformada la posición depresiva, donde predominan la integración, la ambivalencia, la culpa y la ansiedad depresiva, así como una serie de defensas específicas, como la reparación.
“El recién nacido puede discriminar caras de otros estímulos visuales, incluidos patrones de caras invertidas. A los 3 días de vida pueden discriminar la cara de la madre de otra información visual aislada. Esta discriminación, que en ese período temprano se basa en el contorno de la cara y de la línea del pelo, no en los rasgos faciales en sí, se pierde entre el mes y los 2 meses para dar lugar a una discriminación más sofisticada.” (Castaño, 2005).
La construcción fuera de la mente del bebé, es decir en la realidad externa, de un objeto ideal y de un objeto persecutorio, se ocasiona por la acción de la escisión, la desviación y la proyección, con el fin de atemperar la angustia. En un momento dado, tales objetos parciales externos serán introyectados con fines defensivos, creándose así los primeros esbozos del superyó, los cuales han de ser considerados como especie de objetos internos. . (Klein, 1989)
En el álgido clímax del desarrollo de la obra en cuestión, se producirá una integración de los fantasmas externos, por un lado, y de los fantasmas internos, por otro. Además, de la introyección del objeto bueno fortalecerá al incipiente, desorganizado, inmaduro, desintegrado y desorientado YO. Aumentará la tolerancia a la ansiedad, dejando de ser precisa la proyección de lo destructivo propio, con la consiguiente disminución de la ansiedad persecutoria. Una particular ansiedad culposa sostenida por los presuntos daños realizados al objeto (ansiedad depresiva). Una relación en la que el objeto externo ya no es parcial, sino total, dándose paralelamente una integración en el YO. Por último, un predominio de la defensa llamada reparación.
La reparación es la defensa más positiva para que el desarrollo humano tome un camino sano, pues es el motor de la integración de los objetos externos e internos, en términos de Winnicott, del self, del yo, del superyó. Al restaurarse el objeto, por ejemplo, se recupera la confianza en sí y pueden mantenerse unas relaciones gratificantes con el objeto amado, así como soportar el dolor que su inevitable desaparición periódica ocasiona, sin que nazca un odio abrumador, de modo que un aspecto importante de la reparación es aprender a renunciar al control omnipotente del objeto, asumiendo la realidad psíquica tal como es.
Como Sigmund Freud, Melanie Klein defendió su teoría aunque pudiera parecer poco objetiva abstracta y divergente. De hecho trascendió a tal grado que puede considerarse el Kleinismo no es una simple corriente, sino una escuela a diferencia del Annafreudismo, De hecho, se ha constituido como sistema de pensamiento a partir de un maestro (en este caso una mujer), que modificó enteramente la doctrina y la clínica freudianas, creando conceptos nuevos e instaurando una práctica original de la cura, de todo lo cual se desprende un tipo de formación didáctica diferente de la del freudismo clásico.
Melanie Klein y sus sucesores hicieron escuela integrando en el psicoanálisis el tratamiento de las psicosis (esquizofrenia, estados límite, trastorno de la personalidad o del self), elaborando el principio mismo del psicoanálisis de niños y finalmente transformando el interrogante freudiano sobre el lugar del padre. Sobre el complejo de Edipo, sobre las génesis de la neurosis y de la sexualidad aclarando la relación con la madre y el odio primitivo, es decir, la envidia, propia de la relación con el objeto.
Por lo tanto, el Kleinismo se define como una verdadera doctrina con coherencia propia. Da una nueva forma a la doctrina freudiana original, de la cual reconoce los fundamentos teóricos, los conceptos y la anterioridad histórica.

Referencias
·         El web de Melanie Klein : http://psicomundo.org/klein/
·         Klein, M. Principios psicológicos del análisis infantil. En Obras Completas, 1. Barcelona: Paidós, 1989, 137-147. 
·         Klein, M. El psicoanálisis del niño. En Obras Completas, 2. Barcelona: Paidós, 1987, 19-290. 
·         Klein, M. Envidia y gratitud. En Obras Completas, 3. Barcelona: Paidós, 1988, 181-240.   
·         Armoux, D. J. Melanie Klein. Vida y pensamiento psicoanalítico. Madrid: Biblioteca Nueva, 2000.  
·         http://www.monografias.com/trabajos13/trabklein/trabklein.shtml

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