La característica
más deseada y venerada como propiedad del conocimiento es quizás, la
objetividad. En la ambigüedad de la
palabra “Objetividad” se ha
pretendido reunir y representar al ideal más alto de la ciencia, es decir, el
conocimiento puro. Los científicos la
persiguen convirtiéndola en una norma y en un paradigma que se postula como
dirección de la ciencia. Por otro lado, el Psicólogo se sitúa ante una
disyuntiva: ser considerado científico en caso de cumplir con los preceptos que
enlista la norma o más bien con vocación de científico al apartarse de los
mismos. De cualquier forma, considerarlo así colocaría a la OBJETIVIDAD como
tribunal supremo al que es necesario acudir siempre que se quiera solucionar a una
disputa o descalificar una posición antagónica.
La realidad que
determinamos o conocemos no es estática, constantemente se transforma. Por tanto,
resulta casi imposible pretender “encerrar” el conocimiento ya que este se va
cambiando junto con las percepciones que tenemos los seres humanos de lo que
llamamos “realidad”.
La propuesta es
entender la objetividad como un proceso y no como una propiedad estática del
conocimiento. No como un concepto único que parece inalcanzable que además se
refiere a la facultad de ser juez para cualquier dilema que busque una solución
formal e imparcial. Si analizamos, la objetividad, está es definida por el ser
humano (con todas sus subjetividades). La
complejidad de entenderla se pone de manifiesto porque la objetividad se
despliega de la subjetividad al ser establecida por nosotros derivada del
conocimiento que se va acumulando; mediante conceptos, postulados, teorías y métodos.
Querer disipar por completo cualquier subjetividad en la observación e interpretación
de los hechos comparando y recomendando métodos en base a su eficaz objetividad
se vuelve un dilema epistemológico ya que estos métodos son desarrollados por
nosotros como seres humanos.
Al entender que los
conceptos, los métodos, datos y teorías por sí solas carecen de sentido es
necesario examinarlos desde el lugar que ocupan en el contexto o marco teórico.
Son parte de un todo, no pueden analizarse aisladamente. Al referirse a
conceptos como: conciencia, aprendizaje, conductas, memoria, entre otros conceptos
abstractos, como seres humanos resulta paradójico querer encasillar a hechos,
personas y circunstancias porque estos son subjetivos. Las personas somos subjetivas.
¿Cómo hacer
concreto lo intangible? ¿Cómo observar lo inobservable?
Wilhelm Wundt,
considerado el primer psicólogo en 1879 se enfrentó al problema de estudiar
algo tan “abstracto” como la conciencia. En este sentido, algunos teóricos
consideraron al estudio de la conciencia como un “suicidio epistemológico” al
ser el objeto de estudio carente de objetividad. Para poderlo hacer, sería
necesario proponer medios objetivos de aproximación hacia instancias y
propiedades de orden subjetivo.
Psicólogos
conductistas y de otras corrientes afirmaban que los diferentes conceptos de
conducta eran equivalentes y los empleaban como si fueran intercambiables pero
para lograr la objetividad era necesario introducir algún tipo de concepto
superteórico o metateórico de “conducta” que a su vez, contuviera los diversos
conceptos de conducta definidos operacionalmente.
Sin embargo, la
solución resultaría insatisfactoria por 2 razones:
1. La
introducción de este superconcepto impide que este sea definido de manera
operacional y al no ser cognoscitivamente significativo se torna ilegítimo.
2. Si
el superconcepto se pudiera definir operacionalmente, resultarían innecesarios
los demás conceptos.
¿Objetividad como parte de una teoría?
Una teoría es
objetiva en la medida en que se adecúa al objeto de estudio pero no hay que
perder de vista que ninguna ciencia trabaja con objetos concretos o empíricos.
De hecho, la naturaleza no está fragmentada en diversos objetos. De manera
ontológica, la naturaleza simplemente como una total indiferenciada. El
conocimiento que de ella se obtenga es un asunto de carácter puramente humano.
El acto de conocer es inherente e indesprendible del ser humano; no puede
manifestarse fuera de él.
Por tanto,
pretender establecer una equivalencia entre teoría y su objeto implica, una
oposición artificial entre ambos, puesto que el objeto de la teoría sólo es
significativo a la luz de ésta. La primera se nutre del segundo, mientras que
el objeto se constituye por medio de la teoría.
¿Objetividad como conflicto metodológico?
Al afirmar que un
método es más objetivo que otro, se intenta sostener al mismo tiempo, que un
método es más recomendable o aceptable que otro.
Los métodos, como
los datos que éstos aportan, presentados de forma aislada y sustentados pos sus
propios medios sin hacer referencia a la teoría que los hace posibles no son
más que “puros sinsentidos epistemológicos”.
La objetividad como un proceso
Karel Kosik,
filósofo checoslovaco, aclara que la práctica es activa y se produce históricamente.
“La realidad no es
sólo es un objeto de contemplación, sino también de transformación. El hombre
en su actividad práctica y al transformarse el mundo se transforma a sí mismo y
el mundo social en el que vive.”
Los conocimientos
adquiridos por la humanidad en el transcurso del tiempo no son algo absoluto e
inmutable. Incluso, el conocimiento no es producto de la acción de un solo
hombre aislado, sino que por el contrario, es un acto social. El hombre
científico no se relaciona con la naturaleza exclusivamente mediante conocer
sino también por los modos del ser, del ser social.
Por ello, si se
admite la idea de un desarrollo desigual en las ciencias se acepta que el
conocimiento generado por éstas y por tanto el grado de objetividad que se les
atribuya también es desigual.
Cuando el
conocimiento es nuevo está lleno de voluntad y fecundidad, si se le inmoviliza
como algo absoluto o prototípico, se vuelve un molde de sí mismo; se endurece,
se fosiliza y muere. La ciencia es una actividad social por ende, el
conocimiento científico es esencialmente conocimiento social. Es así como la objetividad se puede caracterizar como
un proceso y no como una propiedad estática y absoluta.
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