Sunday, May 4, 2014

De la Etilogía del Pálido Delincuente



Miren ese pobre cuerpo! Lo que él sufría y codiciaba, aquella pobre alma lo interpretaba para sí, lo interpretaba como placer asesino y como deseos de la felicidad del cuchillo… a quien ahora se pone enfermo lo asalta el mal, lo que ahora es mal: el enfermo quiere causar daño con aquello que a él le causa daño.

¿Qué es ese hombre? Un montón de enfermedades, que a través del espíritu se extienden por el mundo...una maraña de serpientes salvajes, que rara vez tienen paz entre sí y por lo cual cada una se va por su lado, buscando botín en el mundo...como plomo pesaba el discurso de ella sobre él: entonces robó, al asesinar. No quería avergonzarse de su demencia. Y ahora aquel plomo de la culpa suya vuelve a pesar sobre él, y de nuevo su pobre razón está igual de rígida, igual de paralizada, igual de pesada.

Una cosa es el pensamiento, otra la acción, y otra la imagen [o representación] de la acción. La rueda del motivo no gira entre ellas. En efecto, fue una imagen [la que] puso pálido a ese pálido hombre. Cuando realizó su acción él estaba a la altura de ella: mas no soportó la imagen de su acción, una vez que fue cometida ésta. Desde aquel momento, pues, se vio siempre como autor de una sola acción. Demencia llamo yo a eso: puesto que a excepción se invirtió, convirtiéndose para él en la esencia. (Nietzche, 1885).


Nietzche conocía muy bien desde la perspectiva filosófica quién era el hombre atormentado por la imagen de la acción que lo lleva a delinquir, era demencia generada por el plomo de la culpa que a su vez se tornaba en la esencia del pálido delincuente. Más tarde, Freud explicaría el fenómeno desde la perspectiva psicoanalítica basado en la compleja reacción que brota del oscuro sentimiento de culpa derivado del Complejo de Edipo.

Los delitos cometidos para fijar el sentimiento de culpa eran un alivio para los martirizados. Parricidio e incesto con la madre son los dos grandes delitos de los hombres, los únicos que en sociedades primitivas son perseguidos y abominados.

Es precisamente la sociedad quien establece el conjunto de normas y principios que constituyen una característica propia del nivel humano de organización de la materia, la moralidad. La moralidad resulta en una forma de cristalización práctica determinada por un marco histórico y cultural.  Entendiendo que dentro de ese marco la moralidad anuda al sujeto a una historia familiar (primer núcleo y contacto con lo que conformará el entendimiento de la llamada “sociedad”), social y cultural en la queda inscripto es preciso remitirme entonces, a la explicación psicoanalítica.

La forma para leer la inscripción de lo moral en el ser humano gira en torno al concepto del superyó, el tercero de los sistemas de la personalidad, el más sofisticado y el último en desarrollarse. Es el representante intrapsíquico de los valores tradicionales y de las normas sociales de acuerdo a la transmisión de padres a hijos. Las funciones de esta compleja instancia son: la conciencia moral, la auto-observación y la formación de ideales. En el superyó se anuda lo universal (moral) y lo particular (moralidad, la práctica o la acción a la cual hace referencia Nieztche).


El superyó del niño no se forma a imagen de los padres, sino más bien a imagen del superyó de los mismos. Es específicamente la imagen del superyó del padre el que estructura este sistema. Esta arma moral de la personalidad representa a la realidad ideal en mayor medida que al real y se empeña más en conseguir la perfección más que en el placer (ello).


Como árbitro moral internalizado, el superyó se desarrolla en respuesta de la aceptación o desaprobación de los padres. Lo que es considerado propio o merece tal aprobación tiende a integrar “el ideal del YO” mientras que lo que es considerado impropio o punible es incorporado a la “conciencia moral”. La transición de esta génesis individual como resolución del Complejo de Edipo hacia la génesis colectiva es justamente la instauración del superyó como signo de internalización de la Ley. Se encuentra en el origen de lo individual y lo colectivo una misma operación: la prohibición del incesto y la instauración de la Ley.


En Totem y Tabú (1913) Freud sitúa un antes y después de la muerte del padre. El padre del goce total, es la Ley encarnada. En la medida en que él es la Ley no la representa, es decir, en palabras de Freud:

“El psicoanálisis ha revelado que el animal totémico es, en realidad, una sustitución del padre, hecho con el que se armoniza la contradicción de que estando prohibida su muerte en época normal se celebre como una fiesta su sacrificio y que después de matarlo se lamente y llore su muerte. La actitud afectiva ambivalente, que aún hoy en día caracteriza el complejo paterno en nuestros niños y perdura muchas veces en la vida adulta, se extendería, pues, también al animal totémico considerado como sustitución del padre…” (Freud,1913).

Esta es la clave para entender la etiología del pálido delincuente, es el deseo del niño por matar al padre y ocupar su lugar al lado de la madre. Cuando abandona el Complejo de Edipo por temor a la castración se funda el superyó como tercera instancia psíquica que internaliza mandatos y prohibiciones paternos. La amenaza de la castración, que el niño temía por castigo del padre por el desarrollo de su actividad auto-erótica introyectada. Ahora es el padre “escondido” dentro del hijo, ejerce vigilancia bajo la forma de la conciencia de culpabilidad.


A consecuencia de este proceso afectivo surge el remordimiento y nace la conciencia de culpa. Lo que el padre había impedido anteriormente, por el hecho mismo de la existencia, se lo prohibieron luego los hijos a sí mismos en virtud de aquella obediencia retrospectiva característica de una situación psíquica.

Luego del parricidio (hipótesis freudiana) se da la eficacia del padre muerto. Los hijos buscaron la identificación con el padre mediante su devoración y es ahí que surge el arrepentimiento (expresión del sentimiento de culpa) como ambivalencia hacia el padre. “El odio, los llevó a ejecutar la agresión y el amor, el arrepentimiento.” (Salomone, 2000).

Anteriormente, he mencionado que el superyó es el sistema más sofisticado y el último en desarrollarse. Además de lo descrito es fundamental para entender la génesis del delincuente con conciencia de culpa, que el superyó presenta un aspecto adicional al normativo y este es el pulsional. Lo anterior porque el deseo se presenta como lo antinómico (contradicción irresoluble) al goce. Existe una relación inversamente proporcional entre ambos.

Es posible decir que el superyó se integra por dos caras: La pulsional de goce que no se somete a la metáfora paterna (pulsión de muerte) y el ideal del yo (identificación con el padre), dentro de los límites fálicos, el padre como representante de la Ley.
Dicho lo anterior, es que establezco lo que pudiera comprenderse como el proceso cronológico del origen del pálido delincuente:

COMPLEJO DE EDIPO --- > CONCIENCIA DE CULPA ---> ACCIÓN DELICTIVA ---> PUNICIÓN

Derivada de la resolución del Complejo de Edipo, el delincuente busca la acción delictiva (parricidio) para encontrarse con la punición que lo remite, por un lado a la Ley (cara normativa del superyó) y por el otro al padecimiento al que se confina (cara pulsional del superyó-vertiente de satisfacción del goce).

En efecto, la rueda del motivo para llevar a cabo la acción delictiva por parte del pálido delincuente no gira entre ellas porque es precisamente la representación de la imagen del acto la que se refleja ante el autor haciéndole palidecer ante tal intolerable escena llevándole al arrepentimiento por la carga de la culpa.  

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