Acepto que el
enfrentarme a este tema, era algo que me temía sucedería en algún momento
de la la vida de un profesional en psicología, sobretodo porque es una idea que ha venido desde hace bastante
tiempo taladrando mi cerebro y verlo en papel, en palabras, en datos duros, es
solamente enfrentarse con una realidad que es muy clara. Me ha provocado miedo,
angustia, ansiedad y tristeza. Por otro lado, asombro y orgullo por ser quién
soy y tener un perfil claro para esta retadora, vulnerable y voluble profesión.
Y aunque me considero inteligente y hábil para poderme desempeñar en el campo
clínico, acepto que la resistencia a hacerlo tiene su etiología justamente en
este hecho, el miedo al deterioro que puede existir y que existe en
psicoterapeutas que deriva en una incompetencia profesional y peor aún la
pérdida de la salud mental de uno mismo.
Sin
duda, concuerdo que la personalidad del psicoterapeuta constituye una
herramienta fundamental para la práctica de la psicoterapia. Una personalidad
que debe ser estable emocionalmente y los suficientemente madura y entrenada
para reconocer las propias faltas, esencialmente identificar la vulnerabilidad
al deterioro y detenerlo antes de que la “sombra” se apodere de la claridad
mental. Y es que los psicoterapeutas en potencia no dejamos de ser seres
humanos susceptibles a caídas de la tragedia personal, del aislamiento, del
abandono, del sufrimiento, de la intranquilidad, de la tristeza. La diferencia
en la elección de esta profesión del resto pudiera radicar en el deseo
incesante de mejorarse emocionalmente, de reconocer las propias heridas que nos
sirven de antecedente palpable para entender y ayudar a los demás, finalmente,
la tan atesorada empatía. Concuerdo con Farber cuando menciona que observa que los terapeutas valoran su propia
“locura” como un importante utensilio de trabajo; como esa capacidad de estar
en contacto con los pensamientos y los sentimientos regresivos y primitivos
para utilizarlos al servicio de la empatía y la comprensión.
Aunque
pudiera haber varias definiciones del deterioro en los profesionales de la
salud de la psique, me parece exacta la que se toma como base en la lectura,
siendo este una disminución o daño de la capacidad terapéutica como resultado
de factores que han impactado significativamente sobre la personalidad del
terapeuta como para producir una posible incompetencia profesional.
No
es de sorprender entonces, que por el reconocimiento de las propias heridas y
el deseo de sanar sea mayor la incidencia en enfermedades mentales entre
psicoterapeutas, aunque cuando se observan las estadísticas sin duda resulta en
un golpe de realidad terrible.
- En 1980, de 263 psiquiatras se comprueba que un 73% ha padecido de ansiedad moderada a incapacitante durante los primeros años de práctica profesional. Mientras que el 58% refirió experimentar una grave depresión.
- En 1977 en una encuesta sobre psiquiatras se confirma que más del 90% señala que ellos y sus colegas habían padecido una amplia variedad de enfermedades mentales.
- En 1985, de 264 psiquiatras se señalan diversos problemas personales entre los cuales destacan: dificultades de relación de pareja (82%), depresión (57%), abuso de sustancias (11%), e intentos de suicidio (2%).
Sin
duda, es notable la impactante incidencia en estos deterioros y me parece
intrigante entender qué es lo que sucede. ¿Cuál es el origen?
Hay
varios factores y el autor los clasifica y explica muy bien. El primero, es la
predisposición, es decir, el bendito anhelo de obtener la propia curación
psíquica. Tanto en terapeutas en formación como en los psicoterapeutas
consagrados cabe la posibilidad de estar padeciendo alguna forma de enfermedad
mental diagnosticable. Sin embargo, los primeros, hemos decidido emprender la
cruzada hacia la conquista y los segundos, ejercen la psicoterapia con el afán
de reducir los propios síntomas y problemas emocionales.
El
tema precisamente radica en lo anterior ya que los que tienen historial previo
de daño emocional pueden sufrir una reaparición de los síntomas durante su
trabajo como terapeutas y quizás, dicha susceptibilidad “natural” haya sido exacerbada
por la influencia del vacío emocional, el aislamiento, el estrés y las
vicisitudes a menudo asociadas con la práctica terapéutica. Así, la
predisposición a la enfermedad mental puede interactuar con varios riesgos que
pueden derivar en la reaparición de la psicopatología, si estos riesgos no se
identifican, ni se adoptan medidas para mitigar su impacto, pueden provocar
cambios en la personalidad que al final concluirán con el deterioro
funcionalmente profesional.
Es como si el terapeuta por
“transferencia patológica” se contagiara de la enfermedad mental de los
clientes emocionalmente afectados.
Chessick
(1978) en un sentido más romántico llama “tristeza del alma” al estado de
depresión y desesperación que es perfectamente contagioso y resultado de largas
horas durante muchos años con pacientes crónicamente angustiados. Y es que la
angustia acompaña al terapeuta y le atormenta en sus sueños; queda oculta en el
inconsciente y es un tema que lo va royendo.
Diversos
autores señalan que este contacto íntimo con los pacientes suele “gastar” al
terapeuta, dejándolo vulnerable al desencadenamiento de la psicopatología personal.
Will
(1979) hace referencia a un hecho aún más perturbador cuando menciona que el
profesional puede quedar inmerso en el mundo de la locura del paciente ya que
los comportamientos del paciente se tornan cada vez más familiares, ya no
provocan demasiada curiosidad o asombro provocando que el mundo real se vea
trastornado, mientras el terapeuta continúa identificándose con su paciente de
modo que se vuelve “natural” o “normal”. Hay una clara distorsión del juicio y
de la percepción del psicoterapeuta que empieza adquirir la apariencia de la
irracionalidad. La distinción entre la cordura y la locura se vuelve borrosa, y
el terapeuta va perdiendo gradualmente su capacitación de la realidad.
Aunado a lo anterior, parece
que la influencia de los acontecimientos vitales también resulta significativa
en la incidencia del deterioro. Las secuelas fisiológicas asociadas con algunos
acontecimientos, el impacto de un evento de suma importancia en la vida sobre
su personalidad y su funcionamiento emocional; pueden traer efectos lo bastante
profundos como para producir un deterioro emocional suficiente, capaz de
reducir la competencia profesional y aumentar así el prejuicio del paciente.
Para
contrarrestar dichos efectos en el psicoterapeuta, existen diversas
alternativas como plan de intervención (identificación de los psicoterapeutas
mentalmente deteriorados, filtración de admitidos, licenciatura/certificación
condicionada, organizaciones profesionales, limitaciones, rehabilitación,
supervisión, educación continua, interacción de los colegas, etc.) pero
requiere de la disposición de los profesionales de la salud mental para abrir
la “caja de pandora” para discutir sobre la complejidad de lo que amenaza la
salud del psicoterapeuta. Implica aceptar la propia vulnerabilidad al deterioro
emocional como precio de su comprensión y agudeza. Involucra el reconocer con
humildad que aunque se sea visto y alabado como un especialista talentoso y
exitoso en el alivio del dolor psíquico en los demás se suele ser más susceptible
al sutil desencadenamiento del daño. Representa afrontar la propia “sombra” y
no muchos terapeutas están dispuestos a mirarse al espejo para descubrirla y
atacarla.
No comments:
Post a Comment